«Se conocieron en Austria, donde ella había nacido. Se trasladaron a Australia, país en el que ninguno de los dos había estado antes. Más tarde el marido fue trasladado a Sudamérica,  y actualmente viven en alguna parte del nordeste de América. Se pasa todo el día fuera.  Ella no conoce a nadie. Un día, al llegar él a casa, su mujer le dice que tiene ganas de chillar.  Avisa al doctor, le ponen una inyección, llaman a una ambulancia y la llevan a un sanatorio. Tiene ganas de chillar. Le prescriben un tratamiento de tranquilizantes—cada vez tiene más ganas de chillar—y de electroshocks. Pero, cuando cesan las sacudidas, vuelve a sentir ganas de gritar. Le aplican un tratamiento psicoterapéutico. Se suspenden los electroshocks, se disminuye la dosis de tranquilizantes.  Ingresó hace tres meses. Todavía sigue allí. Todavía tiene ganas de chillar pero no ha chillado nunca.»

 

 

 

 

« Chicago, 1972

Ella tiene catorce años  y ha estado en una clínica mental durante tres meses, diagnosticada de esquizofrenia. Todos los miembros de la familia están de acuerdo en que la mandaron al hospital por las siguientes razones: se quedaba en su habitación mirando fijamente la pared; mientras debía estar abajo viendo la televisión con el resto de la famlilia. Pesaba la mitad de lo que debía; mientras el resto de la familia pesaba el doble. Se lavaba las manos y la cara con agua fría; en vez de agua caliente como todos los demás.

Estoy seguro de que he estado contemplando las paredes durante muchas más horas que esta chica.  Esto,  en determinados ambientes , recibe el nombre de meditación; es un modo de descansar, sosegar, vaciar, tranquilizar la mente. Para mí no es más que una función natural, como el dormir, el soñar, el despertarse y el interesarse por las cosas. Es como inspirar y espirar, como abrir y cerrar, como una sístole y una diástole. 

Habia encontrado un recurso natural, normal, extraido de su subcultura. Quizás había un profesor de meditación bastante competente en la ciudad...  Sin embargo, en lugar de interpretar esto como una posible salida temporal, o como un refugio, se lo considera como un síntoma caracteristico de la esquizofrenia. En cambio, a nadie se le ocurrió mandar a su familia al complejo médico-industrial para que la «repararan» y no perdiera tanto tiempo viendo la televisión. He oído decir que «el canadiense medio» mira la televisión cinco horas al día.  Me pregunto si estarían peor mirando fijamente una pared desnuda durante cinco horas al día.  Pero además (para ser sinceros),«se trata de un caso de confusión del día con la noche»,

La clave es que está «fuera de control». No come lo que se le prepara; ni a las horas en que debería hacerlo; No duerme cuando debería cuando es normal que una chica de su edad esté durmiendo cuando todas las chicas de su clase están dormidas. No se lava las manos ni la cara con agua caliente, como todo el mundo. ¿No será esto indicio de una mala adaptación social, o incluso de una manipulación social, que hace sospechar una psicopatología histérica más que una esquizofrenia? 

En vista de todo esto, el «tratamiento»—diametralmente opuesto a la terapia— consiste en la hospitalización. Se la encierra contra su voluntad para evitar que se escape. Se interrumpe el proceso patológico: I) impedir que se dedique a contemplar la pared en vez de permitírselo, e incluso de animarla ; II) no dejar que encuentre su tranquilidad, suministrándole «tranquilizantes» III) dañar su cerebro y confundir su mente aplicándole una serie de electroshocks (ocho)  IV) hacerla llegar a la pubertad químicamente mediante hormonas para provocarle la menstruación e impulsar el desarrollo de sus senos, porque quizás su maduración esté orgánicamente retrasada (como suele ocurrir con los esquizofrénicos»)

«La interferencia científica es la más destructiva. Sólo científico sabe cómo interferir del modo más destructivo.» 

 

 

Tomado del libro: “LAS COSAS DE LA VIDA”, Un ensayo sobre los sentimientos, la realidad y la fantasía. Grupo editorial grijalbo. Barcelona, 1981