En mi opinión, una de las críticas más devastadoras al modo de traer actualmente niños al mundo es el espantoso relato que la doc­tora Michelle Harrison hizo de un parto que una noche presenció como médica residente en un pequeño hospital de los suburbios de Nueva Jersey. El hecho de que la sala de partos estuviera en Nueva Jersey es accesorio. Con la misma facilidad podía estar en cualquier otro hospital norteamericano... o francés, alemán, inglés, canadiense o italiano, y es esto lo que hace que sea tan convincente el re­lato de la doctora Harrison.

Escribió: «Cuando llegué, la parturienta... estaba bas­tante bien en la sala de partos, empujaba suavemente y se quejaba, pero no gritaba... Hacía ya muchas horas que ha­bía comenzado a parir, lo estaba haciendo sola y pensé que lo que faltaba le gustaría... Me puse la bata y los guantes y después la examiné. La dilatación era completa y pronto daría a luz. La cubrí... En ese momento llegó el anestesista -un joven arrogante- y se sentó a la cabecera de la parturienta. Le colocó una mascarilla sobre el rostro y le dijo que respirara profundamente. Le aseguró que todo estaba a punto de terminar. Sólo le faltaban dos o tres contraccio­nes. Pregunté al anestesista qué le estaba aplicando. Ig­noró mi pregunta... Unos minutos después decidió res­ponder, pero no entendí lo que masculló. De todos modos, no tuvo importancia porque en ese instante llegó el obstetra. El anestesista adormeció aun más a la mujer mientras esperaba que el obstreta se lavara y vistiera... Éste entró e ignoró mi presencia. El obstetra y el anestesista co­menzaron a hablar entre sí. Ahora, la paciente se atragan­taba a causa de las cánulas que tenía en la garganta. El parto se había interrumpido; habían inclinado la mesa para que el obstetra pudiera mirar a través de los labios di­latados. A continuación, ambos hablaron con desdén. El anestesista comentaba, colérico, que la mujer tenía arcadas y el obstetra decía que ella había dejado de ayudarlos, ya no empujaba y su útero no se contraía. Desenvolvieron los fórceps, los aplicaron y, con una anestesia aun mayor, el infante fue retirado del útero de su madre con las abraza­deras de acero alrededor de la cabeza. El niño estaba azul y apático, pero se recuperó pronto mediante oxígeno y algu­nas palmadas.»

El obstetra y el anestesista siguieron charlando mien­tras se suturaba a la paciente. Hablaron de compañeros, de Puerto Rico, de las vacaciones, del tiempo, etc. El aconte­cimiento del nacimiento se perdió en beneficio de... la charla masculina de café.»

 

Tomado de “La vida secreta del niño antes de nacer”